LA ZONA DE CONFORT

Quizá, por mi estilo de vida acelerado y el miedo innato que tengo a quedarme estancado, podría pensarse que estoy obsesionado con no caer en un espacio que me haga sentir bien, entregando lo mínimo. Sin embargo, la realidad es que no creo en la famosa “zona de confort”.

Más allá de estancamientos o puntos medios, lo que me da más miedo en esta vida es dejar ir el mucho o poco tiempo que me quede en este mundo. Y sí, por un lado soy un workaholic hecho y derecho, pero mi filosofía no se centra en trabajar sin fin, sino disfrutar cada momento. Cuando toca trabajar, trabajo al máximo. Cuando toca estudiar, estudio al máximo. Cuando quiero divertirme, me divierto. Cuando estoy con mi gente, los disfruto. Un tiempo para cada cosa.

Y, ¿a dónde me lleva esto? A confesarles que nunca, jamás, me he sentido en esa llamada zona de confort, porque, ¿qué es la zona de confort? Vivir en modo automático con el mínimo esfuerzo. Y qué flojera desperdiciar la vida con lo mínimo, cuando podemos darlo todo.

Creo que la idea que se tiene sobre salir de la zona de confort es errada. No tenemos que forzarnos a hacer cosas que, tal cual, nos hagan sentir incómodos o como peces fuera del agua. Nuestros límites no necesariamente se expanden por querer ser arquitecto un día y, al otro, querer ser abogado. Con un día, saltar del paracaídas y, al otro, correr un maratón. Nuestros límites se expanden con el trabajo continuo y constante, de poco a poco, pero un poco o mucho de todos los días. En síntesis, creo que no se trata de una decisión radical, sino una convicción del día a día.

Con cariño,

Lewis Rimá (:

Foto de Personas creado por wayhomestudio – www.freepik.es

2 comentarios sobre “LA ZONA DE CONFORT

  1. Este post me recuerdan a muchas cosas, ya van:

    1. Como la frase de Alfred D’Souza, la cual dice «Baila como si nadie te estuviera viendo, ama como si nunca te hubieran lastimado, canta como si nadie te oyera, trabaja como si no necesitaras el dinero, vive como si fuera el último día»

    2. También a un pequeño relato que escribí ya un tiempo atrás, que es el siguiente:

    Con el paso del tiempo, aprendí que el dolor forma parte del proceso de la vida y con ello la de crecer interiormente y madurar; reconocí realmente qué quería y que no en mi vida gracias a esas personas. Asimismo, aprendí que no tenía que forzar a nadie ni a nada, tampoco podía retenerlo pese que no me agradaba la idea; además que no sabía si aquello afectaría a alguien más en potencia o solo me dañaría a mí. Deduje que de ningún modo apreciarían lo que yo valía, jamás llenaría aquel insoportable molde que tenían como estereotipo y que si seguía haciendo aquello terminaría haciendo pedacitos lo que restaba de mi autoestima causando que solamente dudara de mis propias habilidades o de mí. Entendí que todo en esta vida es pasajero y que todo lo que sucede forma parte del plan de Dios. Tenía y debía que dejar de combatir por los demás y empezar a luchar por mí. Tenía y debía que demostrarme quién era en realidad.
    Algunas preguntas me atacaron durante el trayecto hacia ese viaje de sentimientos con sabor a nuevo, las cuales fueron: ¿Y si el problema para que todo esto pasara comenzó cuando dejé de quererme? ¿Tuve que sufrir, cansarme y explotar para darme cuenta que la solución siempre fue esa? ¿Todo había sido una especie de rebeldía de mi parte para deshacerme de mi corazón roto? ¿Finalmente alguien me iba a querer porque ya me quería a mí misma?
    O… ¿ese alguien siempre se trató de mí?

    En fin, ¿qué sería la vida si no la vivimos sin sentir?

    1. ¡Wow! Me encantó tu perspectiva sobre este tema.

      Coincido totalmente: «Baila como si nadie te estuviera viendo, ama como si nunca te hubieran lastimado, canta como si nadie te oyera, trabaja como si no necesitaras el dinero, vive como si fuera el último día»

      ¡Abrazo fuerte!

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